El que nace escribiendo, muere escribiendo.
No olvidaré mi primer diario escondida en el armario vacío de mi nueva casa, tras una mudanza. Creo que a partir de entonces comencé a ser yo misma. A descubrirme, a sorprenderme, a aprender lo que significaba la identidad, el desconcierto a que la pregunta más obvia a veces conlleva la respuesta más difícil.
A partir de entonces, en los momentos más trágicos, agradables, misteriosos o felices de mi vida, me veía atraída por ese folio en blanco como si de magia se tratara. Ese cuaderno, hoja, o diario me sirvió de amigo, de amante, de adversario, de todos los disfraces que yo le quisiera poner.
Y escribía, manchando con la tinta la pureza de la idea. Y escribía aunque fuera una locura, aunque no acabara nunca esa historia, aunque me rindiera el cansancio. Y escribía aunque me doliera y quizás por ese mismo motivo, para liberarme, para transformarlo, para sentirme de otra manera.
Y escribía rebosante de alegría con las manos temblando de la emoción, con los sueños recién nacidos idolatrados por su belleza. Escribía muchas veces sin sentido, con faltas, con atropellos. Pero tan mío, tan puro, que la locura se convertía mi propia defensa.
Como ahora mismo escribo sin tener un por qué, sin intenciones, y como seguramente seguiré escribiendo durante el tiempo que viva aunque no lo diré nunca en voz alta, por miedo a tentar el futuro.
Al escribir me doy cuenta de quién soy, de lo que quiero, de cómo pienso porque al escribir no miento, no me miento. Te revelo sin darme cuenta, la parte más íntima que tiene una persona, su yo más profundo, sus pensamientos, sus deseos, lo que nunca cuenta a nadie, lo que le hace volar lejos de todo y de todos.
Y yo vuelo escribiendo.