En camino

En camino

viernes, 11 de febrero de 2011

Verano ligero

Calor y verano, sueño de noche, sin ropa, cosquillas en los pies, suave beso en los labios, pelos de punta, piel de gallina.
Tan ligero, tan liviano, tan simple y alegre como una carcajada de tu garganta, como una sonrisa que guiña intenciones, como unos ojos provocadores, como las caderas que bailan al ritmo que le marcas.
Y sin preguntas, obtienes respuestas, de tu reclamo asoman los vicios, del juego el deseo, de la risa el suspiro.
Arriba, abajo, enredo sin desespero, vueltas del mismo color, vestido que cae, camisa que vuela. Brazos que se confunden, gemidos que armonizan, placer inocente, juego de niños, invento de locos, permiso no requerido.
Cae el telón y sólo queda el humo de un cigarrillo, sábanas revueltas y sonrisas satisfechas de haber conseguido lo que han querido.

domingo, 6 de febrero de 2011

Ella

No necesariamente por ser inteligente, hacía las cosas con sentido. A veces sencillamente era demasiado ingenua para comprender maldades, sibilinas intenciones . O quizás no quería percatarse de ello.
El caso es que nunca encontraba el equilibrio en sus relaciones, su ideal le hacía levitar de la realidad y sumergirse en su propio universo, dónde las cosas eran cómo debían de ser. Cerraba los ojos y olvidaba, perdonaba, entregaba su alma y luego se la devolvían a cachos, aguantando las miradas de satisfacción de aquellos a los que una vez llamó amigos.
La razón era que envidiaban la manera en la que llegaba a ser feliz, excluyéndolos de ese mundo que recorría con sus ojos extraviados, aquella utopía que le sacaba una sonrisa clara de su boca, aquel lugar dónde encontrar el placer parecía tan fácil a juzgar por su expresión bendita. Y cuando le preguntaban - ¿Dónde has estado? Les respondía – en un sueño, en mi cielo.
Ella era capaz de volar, de llegar a su propia alma y descubrir cada día algo nuevo. De profundizar en la verdad de las cosas, de ver aquello que pasaba desapercibido y valorar su belleza.
Pero su visión aunque eterna, la condenaba a aquello que más temía, la soledad

En mi secreto

Me pongo en remojo, y me tiendo a secar. Los paños se pegan a mi cuerpo, el viento seduce a mi oído. Las palabras vanas desaparecen, se dibujan otras nuevas, estas tienen sentido.
El sol baña mi piel, busco sus caricias. Escucho y dejo de oír, observo y dejo de mirar. Y ahora comprendo, encuentro el camino.

Como la flor que dibujo, como el color de los reflejos, como el tacto del papel cuando contiene secretos. Espontáneo, natural, sencillo. Como la primavera, como la alegría de los niños. Como una poesía cariñosa, feliz, a pesar del olvido.

Así quiero ser siempre, canto suave y lejano, recuerdo tierno de palabras cautivadoras, instante, eterno, brillo y caricia, deseo suave y mimo, entre las flores tendida al sol, parte de un sueño divino.

Volar

El que nace escribiendo, muere escribiendo.
No olvidaré mi primer diario escondida en el armario vacío de mi nueva casa, tras una mudanza. Creo que a partir de entonces comencé a ser yo misma. A descubrirme, a sorprenderme, a aprender lo que significaba la identidad, el desconcierto a que la pregunta más obvia a veces conlleva la respuesta más difícil.
A partir de entonces, en los momentos más trágicos, agradables, misteriosos o felices de mi vida, me veía atraída por ese folio en blanco como si de magia se tratara. Ese cuaderno, hoja, o diario me sirvió de amigo, de amante, de adversario, de todos los disfraces que yo le quisiera poner.
Y escribía, manchando con la tinta la pureza de la idea. Y escribía aunque fuera una locura, aunque no acabara nunca esa historia, aunque me rindiera el cansancio. Y escribía aunque me doliera y quizás por ese mismo motivo, para liberarme, para transformarlo, para sentirme de otra manera.
Y escribía rebosante de alegría con las manos temblando de la emoción, con los sueños recién nacidos idolatrados por su belleza. Escribía muchas veces sin sentido, con faltas, con atropellos. Pero tan mío, tan puro, que la locura se convertía mi propia defensa.
Como ahora mismo escribo sin tener un por qué, sin intenciones, y como seguramente seguiré escribiendo durante el tiempo que viva aunque no lo diré nunca en voz alta, por miedo a tentar el futuro.
Al escribir me doy cuenta de quién soy, de lo que quiero, de cómo pienso porque al escribir no miento, no me miento. Te revelo sin darme cuenta, la parte más íntima que tiene una persona, su yo más profundo, sus pensamientos, sus deseos, lo que nunca cuenta a nadie, lo que le hace volar lejos de todo y de todos.
Y yo vuelo escribiendo.