Dolor.
Dolor. Sintió el pánico y la fascinación mezclados en sus ojos. No habría problema entonces. La llevó a su cuarto.
Más tarde encendió un cigarrillo y aspiró el humo soltándolo después suavemente. La sensación le gustaba, quizás por ese extraño pensamiento masoquista y bello, fumar, un suicidio lento y dudoso.
La chica ya se había ido. Sabía que volvería pero él ya no estaría allí. Preguntaría por un nombre que no era el suyo pero que el mismo le había dado. Sonrió. Era gracioso saber el futuro de otras personas, de casi todas, excepto el tuyo propio.
Salió del hotel, era las 6 de la mañana de un día de invierno. No llevaba abrigo pero no parecía tener frío. Encendió otro cigarrillo y caminó deprisa pero sin ningún lugar fijo al que dirigirse. Solo pensaba. Había salido con la intención de olvidar ese maldito pensamiento que le torturaba. La única cosa que podía hacerle sufrir. El dolor de los recuerdos.
