Al juego que yo juego es un juego divertido, se trata de hacerme la despistada cuando oigo al mentiroso, tengo que hacerme la inocente para no parecer enfadada, tengo que hacerme la ingenua para no parecer desesperada.
Al juego que yo juego, juegan muchas mujeres. Unas sin saberlo, otras bien conscientes. Cuando miente el hombre, quiere conseguir lo que no le corresponde. Atención mujeres, sed inteligentes, no deis más que lo que no le contente, sed igual de malas, mirad por encima de sus sencillas mentes.
Al juego que yo juego, juego con astucia, la experiencia me ha enseñado que la confianza no se regala, ni la gana quien no pruebe que la merece. A este juego, juega con cuidado, mujer incauta, mujer inadvertida, que los hombres no serán tan listos, pero las mujeres no pecan de indolentes.
Al juego que yo juego, jugamos las mujeres , jugamos a escondidas, jugamos de manera inteligente. Jugamos porque nos divierte, jugamos por venganza, jugamos para ganar esta batalla.
Al juego que yo juego, no importa que pierda o que gane, siempre siento que me defrauden.
domingo, 28 de noviembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Acoso
Paseando por las aulas, con aquellas sillitas y mesitas tan minúsculas me pareció asombroso que en su día me parecieran gigantes, al igual que los que las ocupaban.
Oía de nuevo en mi cabeza los gritos, el bullicio de un montón de niños, tan lejanos hoy como cercanos en mi memoria.
La cara de varios aparecieron en mi mente y los proyecte en la realidad sentados en sus sillas, con una expresión burlona en el rostro. Miraban a una niña pequeña de ojos empañados por las lágrimas, de ojos sumamente expresivos, ojos que eran dolor.
Los niños la llamaron y ella se paró mirando al suelo y supe que le latía el corazón como a mí misma en aquel momento, con furia, con terror.
Hicieron un corro a su alrededor, los insultos empezaron a caerle, a descuartizar su amor propio, a llenarla de rabia, de impotencia. Cada insulto la partía, cada burla la hería. Y mis propias cicatrices empezaron de nuevo a sangrar.
Los niños del corro animaron a los demás a acercarse, a que se regodearan en el resultado de su tiranía. Todos obedientes como el ganado se arremolinaron en torno a la pequeña, cada vez más avergonzada, cada vez más sola, sin atreverse a defender lo que nadie en aquel lugar consideraba importante.
Y si alguno de los presentes sintió lástima, o empatía por aquella criatura, ninguno se atrevió a no reírse, ninguno se acercó después a consolar su llanto solitario, ninguno osó buscar justicia.
La niña quedó sola cuando acabaron con ella, sola en esa misma aula, derramando lágrimas que nadie vendría a secar. Y de la misma forma se marchó sabiendo que al día siguiente, todo sería igual.
¿ Quién se cree con el derecho de destruir a una persona? ¿ Quién es el que se siente poderoso pisando a los demás? ¿Quién es el débil y quién el fuerte? ¿ El bufón y su corte o la niña que sobrevivía… día tras día?
Me sorprendí llorando, yo era aquella chiquilla, yo era ese grito que pedía auxilio, yo era esa historia de lucha por el respeto, por la dignidad. Yo que sola había aprendido a base de maltrato que no hay que maltratar. Yo la que tenía todavía grabado en el alma la lección de la maldad.
Y si no caí en el deseo de venganza, de la frialdad de sentimientos, de resguardarme bajo un antifaz, fue porque me demostraría a mí y al mundo, que la fortaleza del alma es para quienes con sus principios intactos no se dejan avasallar.
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